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Suturas en punto de cruz

No podemos escoger lo que nos sucede. Sara no escogió ser abusada sexualmente. Tampoco escogió que aquella fuera su primera experiencia sexual. Sara dejó de ser niña de golpe, iniciada al sexo por su abusador a una edad demasiado temprana.

Sara se siente culpable. Durante los cinco años en los que su abusador la manipulaba para satisfacerse, Sara no fue consciente de lo que estaba pasando en realidad. Ella se sentía querida. Su abusador fue un adulto que le decía que aquello era parte de su educación, una parte que las niñas no reciben hasta más tarde, así que debía sentirse afortunada. Debía sentirse agradecida… y debía agradecérselo.

Hasta que Sara no empezó a adentrarse en la adolescencia no se dio cuenta de lo que pasaba, de que aquello en realidad no era una parte de su educación; de que había sido manipulada, traicionada en su infantil confianza ciega en los adultos. Mientras estuvo engañada, se sintió alguien especial, poseedora de algo bonito y único que el resto no tenía. Hubo momentos en los que disfrutaba. Por ello, en cierta forma se sentía cómplice.

Ese sentimiento de culpabilidad fue el que hizo que ocultara la situación durante 17 años. No quería que su madre sufriera, no se sentía preparada para afrontar las preguntas que surgirían en cuanto se lo explicara a alguien. Porque, según ella misma creía, también ella era culpable.

Los abusos pueden superarse, pero la cicatriz queda para toda la vida. La personalidad de la víctima queda marcada: el pasado se expresa y repite, de una forma u otra. Sara se encontró con que su experiencia marcaba quién era y cómo se comportaba aún muchos años después.

No podemos escoger lo que nos sucede, pero podemos escoger como reaccionamos a lo que nos sucede. Sara escogió un día enfrentarse al problema, comenzando por sacarlo a la luz. Sara es una artista, así que para ello usó el arte.

Home Sweet Home” cosido en punto de cruz es la frase que aparece en el cuadro proverbial que decora la casa de la familia feliz en nuestro imaginario colectivo. Una familia feliz ideal, arquetípica… y por lo tanto muy alejada de la casi nunca idílica realidad. Sara pervierte este lema de fantasía añadiéndole un “Hard” (“duro”), para así romper esa imagen de hogar perfecto y convertir la frase en una descripción mucho más exacta de lo que es la vida entre las cuatro paredes del sitio al que llamamos hogar. Además, Sara hace una pequeña pirueta metafórica jugando con el argot que utilizan los pederastas en internet (quienes llaman “Hard Candy” -“Caramelos duros”- al material pedófilo con el que trafican) y los diversos significados de “Sweet” en inglés.

Las 17 piezas que componen Home Hard Sweet Home se corresponden con los años que Sara pasó manteniendo los abusos en secreto, y con la edad en la que escuchó por primera vez la frase que le marcó. Eso es lo que muestra cada pieza: una frase escuchada por una víctima, la frase que representa la cicatriz de la experiencia en la personalidad del abusado. La primera pieza del proyecto es la frase que escuchaba Sara de su abusador: “Me tienes que corresponder como mujer”.

Los cuadros en punto de cruz tienen una cualidad tranquila, como si nuestro subconsciente supiera captar con solo un vistazo todo el tiempo, paciencia y atención necesarios para crear imágenes complejas a base de miles de crucecitas cosidas a mano. Sin embargo, encontrarse delante de las piezas de Sara produce un profundo desasosiego. El velo se descorre, y vemos que los corazoncitos, las letras juguetonas y los colores infantiles estaban tapando una realidad mucho menos amable de lo que se mostraba. Las piezas de Sara son los cuadros que decoran la casa interior de muchas víctimas, esa casa que son ellas mismas. Funcionando como espejos, retratan esa realidad oculta que es a la vez el abuso silenciado y la cicatriz en la personalidad de quien lo ha sufrido.

Por eso, de entre todas las frases que le llegan, Sara escoge aquellas con las que más víctimas puedan identificarse. Quiere que Home Hard Sweet Home no sea útil tan sólo para ella, sino que llegue a cuántas más personas mejor. Quiere que el proyecto ayude a dar visibilidad a los abusos, que las víctimas se reconozcan en sus piezas y se den cuenta de que no están solas, de que hay un camino hacia la reparación: el mismo camino que Sara está recorriendo en este momento.

Para ser valiente hay que tener miedo, y el camino para reparar en uno mismo las consecuencias de los abusos es terrorífico: primero hay que recordar con detalle lo que pasó; más tarde, empezar a compartirlo, hacer escuchar a quien no quiso escuchar en su momento; y por último, denunciar al abusador. Sara pasó 17 años sin hacer nada de todo esto por miedo a las consecuencias… hasta que llegó un día en que se dió cuenta de que las consecuencias de guardarlo en secreto eran mucho, mucho peores.

Sara cose concentrada y en silencio. Le dedica más de veinte horas a cada cuadro. Esa es su penitencia simbólica, la expiación a través del trabajo y la ayuda a sí misma y a los que han vivido lo que ella vivió. Metáfora del camino a la reparación, cada pieza comienza en blanco, en silencio. Puntada tras puntada, la herida va saliendo de la oscuridad y fijándose en el cuadro, para una vez allí suturada poder cicatrizar a la vista de todos. Al final, el secreto se muestra al mundo y deja de serlo. Pierde su poder. En cierta forma, el pasado sí puede cambiarse.

“En el fondo, sólo es cuestión de actitud”, me dice Sara desde el sofá, sin despegar la vista del hilo y la aguja que tiene entre manos. Vuelvo a pensar que no podemos escoger lo que nos pasa, pero sí escoger cómo reaccionamos ante lo que nos pasa. Todos tenemos miedo de enfrentar nuestros monstruos, pero el mundo es para los valientes. Como Sara. Como tú.

– Víctor De Miután