HHSH 2 Hoy ya nadie vive en mi

Hoy ya nadie vive en mi.

Segunda parte de Home Hard Sweet Home.

Abro los ojos. Soy una casa abandonada. Todo estaba preparado para vivir en mí, pero la vida nunca llegó. Hoy soy sólo el recuerdo de la promesa de todo lo agradable, bonito y cálido que nunca llegó a suceder en mi dulce hogar. Soy un espacio grande y frío, escombros y desechos como únicos habitantes.

Me siento desconcertada, invadida por la Soledad, así, en mayúscula.  “Esto es lo que soy”, me digo una y otra vez hasta acostumbrarme, y, más tarde, confundirme con ella. Nadie me dijo cómo sobrevivir estando vacía.

Aparece alguien. Es un hombre. Viene a sustituir a los que no están, los que nunca llegaron y los que se fueron. Me acicala, me cuida, me arropa, me quita los escombros. Yo confío en él y él se preocupa por mi. Esto es amor, ¿verdad?

Mentira.

Me acicala porque quiere usarme. Me cuida porque me quiere en perfecto estado, me arropa porque me quiere caliente. Me quita los escombros para que no vea que él también está lleno de ellos. Yo pienso en él; él piensa en él.

Soy una prisionera de mi propia fascinación;  él me atrapa en mi inocencia de niña, y cuando me tiene yo hago y digo y pienso y le doy cada pequeña cosa que me pide: ¿un beso? Un beso. ¿Una tarde? Una tarde. ¿La virginidad? ¿Qué es eso?

– Yo te lo explico, niña mía. Te gustará. Son cosas que las otras niñas no saben, ya verás. Te lo explico porque tú eres especial, más madura. Por eso no puedes explicárselo a nadie. No te entenderían. ¿Lo ves? Son malos, no les hables nunca más. Muy bien, mi niña. Ahora eres sólo para mi. Voy a enseñarte más cosas, ven, te gustará.

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Me doy cuenta de lo que pasa. A la soledad y la mentira se le suman la culpabilidad y el remordimiento. ¿Qué he hecho?

Más emociones: de nuevo desconcierto, vacío e indefensión. Todas se mezclan y me arrastran a lo profundo. No sé quién soy. No sé qué ha pasado. Me odio. Me ahogo. No entiendo. Me rompo. Caigo. Si no sé a dónde voy, para qué seguir andando.

Pero sí que sé a dónde voy: voy donde me han dicho. Al camino del silencio, con la cabeza gacha, mirándote los pies. El camino del “no te quejes que hay otros que están peor”. Sí señor, sí señora.

Soy un espejo. Me atravieso. Y desde dentro, me pregunto: ¿quién soy, entonces? ¿Quién quiero ser, entonces? Y me hago estas preguntas a voz de grito en la soledad de la oscuridad de lo profundo de mi ser más allá de la lejana superficie del espejo, y nadie responde.

Así que me dejo morir.

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Entonces entiendo. No sé quién soy, pero sé quién no soy.

Desnuda, abro los ojos de nuevo. Levanto la cabeza y veo, caminando a mi lado, cientos como yo. Cada uno con su gran saco de miedos, rabia y culpa. Me sorprendo, ¡no estoy sola!. Miro otra vez alrededor. Ahora sonreímos todos, nos damos las manos, nos agarramos bien fuerte. Estamos todos asustados, pero el coraje es contagioso. Nos quitamos los sacos de la espalda y los colgamos en la pared, decorando nuestra nueva vida. Hemos encontrado a los otros, y ahora tenemos muchos nombres: Sara, Anna, Paloma, Esther, María, Mireia, Raúl, Ángel, Pedro, Aurora, Leo y mil más.

En la casa, la sombra, tranquila, alegre, por fin descansa bordada en las paredes, a la luz del camino recorrido.  

Texto: Víctor de Miután.